Sentir tu espalda en mi espalda -To Feel your back on mine |1| Serie #WomxnsMarchVoices

 

Por Yisel Meza

(Los Ángeles, California, EEUU. 21 de enero de 2017).- Soy mexicana. Nací y residí 21 años de mi vida en México. Los siguientes 3 años he habitado en el sur de California, estudiando. Es difícil la costumbre al cambio, y a la constante pregunta sobre mi procedencia, al igual que a la inmediata respuesta “estás muy güera y/o blanca para ser mexicana”. Como si esta característica me hiciera menos… o no mexicana. Me es aún más complicado pensar y acostumbrar a que, como mujer, también hay acoso acá. Quizá de manera distinta, con palabras diferentes y que a algunos les parecen más pasivas, pero no deja de ser acoso.

Es difícil acostumbrarse a pensar que pasar de un gobierno como el de México llego a esta situación donde el presidente de Estados Unidos habla de las mujeres como objetos y que argumenta el aborto como algo que él puede decidir por nosotras. Vivo en este siglo y varias de las personas que he conocido de este lado de la frontera consideran que ser feminista es algo extremista e incensario. Un país “primer mundista” no equivale a un país con más educación, ahora lo veo.

Foto: Yisel Meza

 

Jamás he estado en una marcha, pero por primera vez pensé que como feminista que me considero y por la situación actual era necesario salir a plantar mi cuerpo en algo, a representarme representar a quienes no tienen la libertad de hacerlo.
Encontrar estacionamiento fue agotador, en la búsqueda, ver los letreros de la gente que también iba camino a la marcha levantó mi entusiasmo. El carro junto al cual me estacioné iba de partida con 3 señoras mexicanas junto a sus hijas. Una de las niñas cargaba un letrero que apenas se podía descifrar, decía Peace hecho con crayolas y decorado con algunos garabatos de diferentes colores que jamás sabré qué eran, pero acentuaban su infancia. —En algunos años, quizá sea mas legible… o en algunos años, quizá, no tengamos que repetir la historia— me dije.

Después de un viernes lluvioso, un sábado frío de enero. Downtown LA se convirtió en un río fluyendo con mujeres, hombres, lesbianas, gays, transexuales, padres, madres, hijas, hijos, ¡o simplemente humanos!, levantado letreros y pintado sus cuerpos para mostrar solidaridad no solo a mujeres, sino a minorías, a los que tenemos miedo, a los que hoy se nos considera extraños y diferentes.

 

Foto: Yisel Meza

 

Llegar a la marcha fue fácil, seguir a algunas personas, preguntar a otras. Sin embargo, por algunos segundos me sentí como perro perdido entre la multitud; no sabía ni a qué lado moverme. Me pregunté si acaso era común, al ser mi primer vez en una marcha, sentir la necesidad de saber qué hacer inmediatamente y naturalmente no saber. La opción mas lógica fue convertirme en parte de la multitud. Y dejar todo fluir como alguna canción, de la introducción a una estrofa a un coro, y poco a poco tomar el ritmo de caminar acompañada, de la sincronización que nuestros pies han logrado crear.

Un ritmo de gente que quizá jamás vuelva a ver en mi vida pero que como una melodía quedan sonando aun con el paso de los días.

Gritos en inglés, tanto como en español, inundaron los ecos, en algún momento escuche a una multitud gritar “si se puede” y tuve que acercarme para comprobar esas eran las palabras. Lo eran, —si se puede, en cualquier idioma y lugar del mundo— me dije.

 

Los letreros que sostenían las personas en sus manos eran como una galería andante. Frases que brincaban a tu pecho y te hacen decir “estoy de acuerdo” o “¿cómo no se me ocurrió eso?”. Por falta de marchas o por falta de algo que aún no sé explicar, mis manos no tenían uno de estos cuadros andantes. Para mi sorpresa, aquí todo se comparte, y en la esquina de las calles Spring St y 1st St me topé con unas cajas en el suelo que contaban con varios carteles blancos, en los cual se leía en letras negras: “My Body, My Choice”. Tomé uno sin saber a quién agradecer. Lo mantuve enfrente de mi cuerpo por todo el tiempo que caminé en el centro, aún después de la marcha. Este cartel se convirtió, no en un protector de mi cuerpo sino, en una muestra de que había gente cuidándome, aun sin que yo supiera sus nombres.

 

Foto: Yisel

 

En algún momento, siendo nueva en esto, sentí nervios al ver un helicóptero circulando sobre nuestras cabezas. Quizá fue algo estúpido de mi parte, pero válido por la violencia que he visto en este país. Las palabras de mi hermano al dejar la casa vinieron a mi mente “si te arrestan por algún motivo, te deportan”. Tuve un momento de paranoia donde tuve que voltear a todos lados para asegurarme y repetir lo que le dije a mi hermano al salir de la casa “no habrá violencia, pero sí gente haciéndose escuchar”. Algún artículo en internet después comentó que nadie había sido arrestado o arrestada en esta marcha, y no pude evitar sonreír.

El helicóptero siguió circulando sobre el área del escenario donde diferentes voces a las que no pude poner rostro por la distancia, pasaban a cantar o a decir algo por la causa. Algunas personas se subían a los postes para poder observar mejor. Una paloma hecha con telas y sostenida por al menos tres personas cuidaba mi espalda, había un pelirrojo de gran estatura frente a mí usaba una camisa donde mencionaba que es feminista, a un costado, un bebé de enormes ojos en brazos de su papá junto a quien creo es su madre y su abuelo que sostenía un letrero. Tres chicas de frente gritaban después de que cada oración proveniente del micrófono en silencio. Y eventualmente la gente se alejándose con letreros aún en alto en sus manos.

Pasar por restaurantes y ver en los cristales estos letreros esperando sus dueños terminaran de comer o tomar un café.  Aún en su descanso para comer, la gente es parte de la marcha.  Jamás había vivido algo así en Los Ángeles.  

Esa misma noche, en mis cobijas escapando el frío hubo algún momento donde me tuve que preguntar, ¿por qué esperé tanto para ir a una marcha, para sentirme parte de algo mayor?, algo que le puedo dar al mundo y ellos a mi, una simple presencia para hacernos sentir rodeados de apoyo. ¿Por qué había sucumbido “a no ganarás nada en ir”, tantas otras veces? Quizá es porque jamás me había hecho presente, porque es necesario estar ahí y verlo, sentirte, sentir la energía que se une. Sentir que las generaciones no quieren regresar a repetir la historia, que buscamos ser conscientes y que por cada retrograda, hay varios y varias de nosotros educando a viej@s, adult@s, jóvenes y niñ@s.  

Sentirse protegida entre personas desconocidas, saber que en el peor de los casos, hay varias ahí que no tendrán miedo de actuar por ti. Que hay gente que no piensa en fronteras, pero sí en que somos humanos. Que hay personas que entienden que mi cuerpo es mío y que defiende esa idea y a mi cuerpo de los que quieren imponerse sobre él. Descubrir el marchar como un acto de solidaridad colectiva. Darle realidad a la frase “I got your back”.