Nuevo Laredo, crónica del miedo como estado vital

Por Valeria León / Tw: @Valerialeony

(Nuevo Laredo, Tamaulipas).-  Parece que no hay otra forma de habitar esta ciudad amenazada por el crimen organizado y custodiada por fuerzas castrenses. Los 44 homicidios dolosos registrados en los primeros seis meses 2016 la colocaron en el número 50 de los municipios con más homicidios en México[1]. Cómo no oler el miedo. 

Pocas personas nacidas en Nuevo Laredo viven aún en su tierra. Esta ciudad fronteriza tiene una población flotante de 100 mil habitantes. Nadie se queda a vivir ahí, los migrantes están de paso y quieren huir lo antes posible.

Los tanques y convoyes militares son escenario cotidiano en las calles y estacionamientos comerciales. No es necesaria la aprobación de la Ley de Seguridad Nacional, aquí es la rutina el patrullaje militar [2].

Una tarde de sábado, un tanque puede impedir el paso de tu auto. Sin mencionar la razón, en menos de un minuto te ordenan que abandones la “unidad”. Cuando observas a las once personas vestidas de verde con armas en la mano y que rodean tu vehículo, sabes que debes seguir sus órdenes sin cuestionarlos.

Al dejar el automóvil, tres elementos inspeccionan los asientos, puertas, techo, y cualquier recoveco que quede al descubierto. Mientras tanto, cinco elementos más inician un bombardeo de preguntas: “¿De dónde vienen?, ¿Qué hacen aquí?, ¿Para quién trabajan?”.

En Nuevo Laredo, si sales de tu casa es en auto. Es común encontrar las tanquetas por las calles. Foto: @Valerialeony

El ejército suele ser la autoridad visible en las calles y los neolaredenses ya se acostumbraron a ello. “Así es como se dan los levantones¨, me dice Uriel Grijalva, visitador de la Comisión de Derechos Humanos, quien asegura haberse acostumbrado a vivir con miedo.

En Nuevo Laredo se juega la plaza con una lucha sangrienta a diario. Apenas el 12 de enero de este año, tres militares murieron tras ser baleados por integrantes de la delincuencia organizada, escriben en las notas periodísticas. Cuatro meses antes, en septiembre, 11 civiles perdieron la vida en un enfrentamiento. Ahora le tocó a los delincuentes: 10 miembros del crimen organizado muertos, y una mujer ajena a los hechos. Las personas que aquí viven aseguran que hay días que de plano no salen ni a la esquina, ni a trabajar, ni a las escuelas a llevar a sus hijos, por las balaceras que se apoderaron de la ciudad.

La guerra no perdona.

Toda mujer, mexicanas o migrante, es presa fácil para los tratantes de blancas, por ello en los refugios les advierten una orden inviolable: No salir, y menos en la noche. Pero los tratantes encuentran cómo ubicarlas, se presentan como migrantes e ingresan a refugios para revisar a los tunantes.

Calles de Nuevo Laredo. Foto: @Valerialeony

El albergue del Pastor Cuduberto Ramírez brinda protección a migrantes que viajan en situación de despojo y en búsqueda de oportunidades económicas distintas. Es un lugar que aviva la esperanza de llegar y conseguirlo.

Este sitio, abierto desde hace una década, no niega la entrada de las personas, lo que a veces ha significado un riesgo para los migrantes.

Arte Urbano en la Frontera de Tamaulipas. Foto: @Valerialeony

Quienes migran

El día empieza antes de las 9 de la mañana con música. El Pastor, oriundo de Chiapas toma su guitarra y comienza a tocar. Migrantes de centroamerica y personas deportadas mexicanas se ponen de pie y cantan:

“Si tuvieras Fe como un grano de mostaza, tú le dirías a esa montaña: ‘Muévete, muévete’ y esa montaña se moverá”.

El Pastor Cuduberto les recuerda: “Ustedes no son criminales. Buscan proveer a sus familias de una mejor vida”.

El pastor Cuduberto, a quien han secuestrado. Foto: cortesía @Valerialeony

Desde hace 17 años Cuduberto se mudó a vivir a Nuevo Laredo. Su familia y él han sido secuestrados en dos ocasiones, la última fue el 8 de septiembre de 2016, vez en que lo amenazaron de muerte. A su esposa e hijas las encerraron en un cuarto durante casi cinco horas. El secuestro lo marcó de por vida. “Vivimos asustados”, confiesa.

En el refugio sirven diariamente desayunos y les dan ropa, si requieren, les cortan el cabello y les dan dinero para comunicarse con sus familiares. 

Cada semana reciben entre 80 y 100 personas, principalmente migrantes de origen hondureño y salvadoreño, quienes además de buscar oportunidades, huyen de las pandillas que controlan las calles de sus ciudades.

Enoc Rivera de 33 años nació en la ciudad más peligrosa del mundo, San Pedro Sula, Honduras. El 26 de septiembre de 2016 dejó a su esposa y a sus tres hijos, de 11, 7 y 3 años de edad en busca del “paraíso latinoamericano”.

Desde hace un  mes vive en el refugio del Pastor Cuduberto en la espera de recibir 5 mil dolares que amigos y familiares están juntando para enviarle y poder pagar un coyote que asegure su paso a Maryland, donde lo espera su hermana con sus sobrinos.
“Mi familia espera que yo regrese, pero a ver qué pasa”, suena realista al dejar abierto lo que pase frente a los peligros que el cruce ilegala Estados Unidos conlleva.

Buscando al inspiración en el sueño americano. Foto: @Valerialeony

Los migrantes pasan todo el día dentro de los refugios y en la noche caminan a los albergues. No caminan por las calles de Nuevo Laredo porque son presa fácil para el crimen organizado, comparten un objetivo en común, el sueño Americano. 

Enoc se hizo amigo de Melvin en el refugio. Ambos hondureños pasan los días y las tardes platicando sobre sus miedos, ilusiones y la esperanza de una nueva vida del otro lado del Río Bravo.

Melvin tiene 19 años y a pesar de las amenazas que sus dos hermanos mayores le dieron para que no emprendiera el complicado viaje al norte, él lo hizo. Dejó a su madre y sus hermanos para intentar cruzar a Laredo, Texas. La mirada de Melvin brilla y su sonrisa pide aventura. El joven asegura que en su país no se puede vivir si no eres parte del ejército (como sus dos hermanos) o pandillero.

Frontera con Laredo, Texas. Foto: @Valerialeony

Las rutinas

Nuevo Laredo es una ciudad de migrantes. Pareciera que no se puede vivir ahí a menos que quieras pasar a EEUU o soportes las crisis nerviosas por la inseguridad.El arrodallor caudal del Río Bravo es la frontera natural en esta ciudad aun sin muro que separe ambos países.

Los fines de semana juegan partidos de fútbol Americano en donde mexicanos naturalizados americanos cruzan de Laredo a Nuevo Laredo por “Amor al deporte”. Después del partido se regresan a Estados Unidos. Pero los que se quedan deben cuidar a sus familias restringiendo cualquier actividad fuera de su casa o cualquier tipo de vida nocturna.

Adriana es neolaredense, una señora de 50 años que tiene cuatro hijos, tres hijas adolescentes y un niño. “Mis hijas no conocen ni una sola disco en Nuevo Laredo. Si aquí te pueden matar saliendo de la casa en la tarde, imagínate de noche en un club”, advierte frente a su hija arqueando la ceja.

Los árboles no tienen hojas, el cielo parece monteado con pinceladas y el clima frío invernal eriza la piel. Los vientos predominantes provienen del sur, al igual que las ilusiones que sonríen al miedo en esta frontera que sobrevive de la violencia.

Referencias

[1] Cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública en http://secretariadoejecutivo.gob.mx/docs/pdfs/fuero_federal/estadisticas%20fuero%20federal/Fuerofederal022017.pdf

[2] Recomendamos revisar la información sobre la Ley en http://sinmilitarizacion.mx/ resumida en este video: